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Los dioses de la agricultura: mitos y leyendas

Desde que el hombre es hombre, ha mirado al cielo entre el temor y el agradecimiento, alabando y buscando las respuestas de aquellos que, en su origen, le proporcionaron las herramientas para desarrollarse. La agricultura no escapa a este ritual de petición, agradecimiento y magia.

La relación entre agricultura y religión nace de la más absoluta necesidad. Los ciclos del cultivo o la fertilidad de las tierras eran unos acontecimientos que los hombre primitivos relacionaban con fuerzas mágicas, pues les parecían a todas luces inexplicables. ¿Cómo entender, por ejemplo, que de una pequeña semilla nace un fruto? ¿O cómo explicar que, después de un duro trabajo, un rayo acabe con una cosecha entera justo antes de recolectar?

En antropología prácticamente todo el desarrollo del ser humano se explica a través de la religión. Da igual el punto del planeta donde nos encontremos o de la sociedad que estemos hablando. Si hay agricultura, hay religión, y si hay religión, sea la que sea, seguro que hay un dios o una deidad relacionada con ella. Un dios que, en un principio, quizá bajó a la tierra para dar en mano a los hombres los utensilios con los que arar, o que les explicó a establecer el calendario para plantar, cultivar y recoger los frutos de la tierra.

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Saber cuándo comenzó esta simbiosis no es complicado. Los primeros agricultores, los hombres del neolítico, aprendieron a mirar al cielo y con ello cambiaron el panorama religioso de la prehistoria. Aquellos hombres deseaban ante todo que lo que habían plantado, lo que habían sembrado, creciera y diera fruto: era fundamental para su supervivencia y la de los suyos. Por eso, para ellos tierra, sol, lluvia y viento era lo más importantes. Por los vestigios encontrados, parece ser que aquellos primeros labradores adoraban al cielo bajo la forma de una divinidad que era al mismo tiempo el dios del sol y del rayo. Del mismo cielo provenía también la lluvia, y era el viento quien agitaba las nubes. Por eso, los grandes dioses, vivirán en el cielo, desde donde otorgarán sabiduría a los hombres, una tradición que no se ha alterado mucho con el curso de los siglos y el desarrollo de las diferentes sociedades.

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Si observamos todas estas referencias, nos damos cuenta de que nuestra cultura popular sigue salpicada por algunos de estos rituales. Por lo tanto, la agricultura debió sin duda alguna influir en el génesis, desarrollo y justificación de las nociones mágicas de los pueblos antiguos que se fueron forjando y transmitiendo de generación en generación y a lo largo del esplendor que tuvieron sus civilizaciones.

Por eso, podemos decir que la agricultura no se limitó a ser la base fundamental para cubrir las necesidades básicas relacionadas con la alimentación, la provisión de medicinas, combustibles, ornamentos y materiales de construcción, sino que además y en virtud de ese extraordinario y decisivo rol que simbolizaba en las vidas de los primeros hombres, sirvió para fundamentar una hermosa, rica y maravillosa cosmovisión religiosa.

Lo femenino y lo masculino: en época de Diosas

El culto a las deidades de la agricultura también está ligado con la fecundidad y con los roles de “masculinidad” y “feminidad”. Por eso, normalmente, se asocia la tierra con diosas o deidades femeninas, al igual que la fecundidad, estableciendo símiles entre los ciclos de la tierra y el propio ciclo de la fecundidad de la mujer. Por otra parte, está el elemento masculino, la semilla, y los elementos naturales que han de acompañarla para que se desarrolle, fundamentalmente sol y agua, dos deidades relacionadas con lo masculino.

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Venus Willendorf

Una de las primeras religiones del mundo precisamente está relacionada con el culto a la diosa Tierra y la Diosa Madre, común en diferentes puntos del planeta y cuyo origen parece encontrarse en la cuenca del Danubio, en el sudeste europeo, donde existía un culto muy fuerte a la diosa de la fecundidad, la Magna Mater. Este culto o similar se venía dispensando también desde épocas glaciares y está unido al de la diosa oriental de la Tierra. Los campesinos guardaban en sus cabañas pequeñas estatuas de la diosa groseramente modelada por ellos mismos (grandes pechos y pubis prominente, símbolos de la fertilidad) ya que aseguraba la fertilidad de los campos, la fecundidad del ganado y la prosperidad del hogar. Este culto se extendió por toda la cuenca del Mediterráneo encontrándose santuarios a la diosa en Malta y Gozo. Una vez terminada la cosecha, los agricultores solían ofrecer como agradecimiento los instrumentos de labranza utilizados y los enterraban en los campos, en una fiesta.

La primera deidad agrícola fue la Tierra. Entre los restos encontrados de esta diosa, los más famosos son las Venus, especialmente las de Willendorf y Laussel, consideras como unos de los restos arqueológicos más importantes del Paleolítico. En ambos casos se trata de esculturas antropomórficas que representan a mujeres de voluptuosos atributos. Los expertos sugieren que la primera es una representación de la Gran Madre Tierra, aunque también los hay que piensan que es la representación de un conjunto social, ya que su corpulencia podría representar el elevado estatus social de una recién creada sociedad cazadora-recolectora.

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Venus de Laussel

El segundo caso, el de la Venus de Laussel es un poco más misterioso. Este relieve hallado en Dordogne, Francia, data aproximadamente del 25.000 a. C y fue descubierta a inicios del siglo XX. Representa a una mujer con una cornucopia, que los expertos divergen en interpretar, ya que el cuerno suele interpretarse como un atributo masculino. La forma de tallado sugiere, para algunos, que se trata de una especie de calendario lunar o que está relacionada con el ciclo menstrual, aunque también los hay que consideran que la cornucopia es símbolo de la masculinidad y que ello complementa la mujer, es decir, que representaría la unión de ambos géneros. Por lo tanto, en este caso, hay quien duda de que se trate de la Madre Tierra o bien de un dios con los dos sexos, hermafrodita, y por lo tanto, el origen de un futuro dios.

Al igual que la Venus de Laussel, existe otro caso en el que la deidad que representa la agricultura no se sabe si es masculina o femenina. Se trata de Peko (Pekko), deidad de la cultura finlandesa que fue adoptado por distintas religiones escandinavas. Sin embargo, esto son casos excepcionales, pues como veremos a continuación la fertilidad suele ir asociada con diosas. Tal es el caso de Anat, una de las diosas más importantes de Mesopotamia, y considerada la madre de los dioses. Se representaba al igual que Venus paleolíticas con los pechos descubiertos. A pesar de que la figura de Anat es mucho más estilizada, su zona vaginal sigue siendo muy amplia, lo que conlleva una interpretación relacionada con la fertilidad.

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Anat parece ser el origen de casi todas las diosas que después se relacionarían tanto con la fertilidad como con el amor y su culto se extendió principalmente por Fenicia, Siria, Chipre, Palestina y finalmente Egipto. Además de ser una deidad de la fertilidad, era una joven e impetuosa diosa de la guerra a la que se relacionó también con la Atenea griega. Entre sus atributos, luce con un tocado similar a la diosa Hathor, madre nutricia y diosa del amor, que, según algunas hipótesis, es la esposa de Osiris, precisamente el dios de la agricultura en el antiguo Egipto.

Mitos clásicos: más allá de la Madre Tierra

Tradicionalmente, Osiris es el dios egipcio asociado con los difuntos, pero acorde con las creencias de aquella civilización, la muerte es sinónimo de resurrección. Por lo tanto, ante todo Osiris es el rey de la resurrección, y con ella, de una alegoría de la regeneración continua del Nilo, fundamental para la vegetación y para la agricultura. Osiris fue un héroe cultural, rey mítico, fundador de la nación egipcia, un papel de“maestro importante, ya que enseñó a los hombres la civilización, las leyes, la agricultura y cómo adorar a los dioses.

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Otro dios, esta vez en la antigua China, fue el encargado de enseñar a los hombres de Asía cómo cultivar la tierra. Se trata de Shennong, también llamado “El Divino Granjero”, de cuya historia ya os hablamos en otro artículo. El dios Shennong alude a la figura real del Emperador Yan o “El emperador de los cinco granos” quien, según reza la mitología china, fue el primer agricultor de la historia. Además Shennong, considerado como el último de los Tres Emperadores Augustos en la cronología de los soberanos míticos, también fue el inventor del mercado, ya que indicó a los hombres cómo comerciar con los productos obtenidos del campo.

En el caso de la mitología celta, el dios que se relaciona con la agricultura es también el de la naturaleza. Se trata de un dios sanguinario, Esus, que lejos de las imágenes tradicionales de los dioses de la fecundidad es famoso por su representación en el bloque del pilar de los Nautae, donde aparece talando un árbol con una herramienta podadora, y porque su culto estaba relacionado con los sacrificios humanos. En la tradición celta, son muchos los que aseguran los dioses Esus y Kernunos son dos aspectos de una misma divinidad y que representan las funciones de producción y reproducción.

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La mitología en este sentido es muy curiosa: Esus se une a la diosa Rigani en primavera, donde fecundan los campos. Sin embargo,la diosa Rigani, la Tierra, está casada con el cielo, y deja a Esus para volver con su esposo. Esta vuelta a casa corresponde al periodo llamado Lugnasad (Agosto). Después, con la llegada del otoño, el dios Esus se transforma en el Dios Kernunos, el dios-ciervo y baja al inframundo. Sabiendo que su amante está allí, la diosa Rigani vuelve a convertirse en la Madre-Tierra al bajar ella también a las entrañas de la tierra. Allí se junta con el dios Kernunos en las noches sagradas de las madres.

La historia nos resulta familiar por otro mito clásico, también relacionado con la agricultura y, como en este caso, con el ciclo agrícola de la Tierra. Se trata de la historia de Ceres y Perséfone (Deméter y Proserpina, en griego). Ceres era la diosa de la agricultura, las cosechas y la fecundidad. Tuvo una hija con su hermano, Júpiter, la bella Proserpina. Plutón, que vivía solo en el inframundo, se enamoró de ella y la raptó para desposarla. Al desaparecer Proserpina, su madre Ceres empezó a buscarla desconsolada sin encontrar ni rastro de ella.

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Con el paso del tiempo su tristeza y enojo fue en aumento, y como ella era precisamente la diosa de la Tierra y de su capacidad de germinar, según se iba enfureciendo iba agostando los campos que pisaba, convirtiéndolos en desierto. Así las cosas, la tierra podía convertirse un lugar yermo, por lo que Júpiter decidió tomar cartas en el asunto y mandó a Mercurio, el mensajero de los dioses, a convencer a Plutón de que liberara a Proserpina.

Pero Plutón no estaba dispuesto a desprenderse de su esposa tan fácilmente, así que obligó a Proserpina a comer seis semillas de granada, la fruta que simboliza la fidelidad. Con ello consiguió que Proserpina repartiera su vida entre su madre y su esposo, de tal manera que seis meses estuviera con Plutón y seis meses con su madre Ceres. Seis meses que representan la llegada de la primavera y la fertilidad por la alegría de Ceres, y seis meses que representan la tristeza y el parón de la madre Tierra.

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Si nos trasladamos al otro lado del Atlántico, en las culturas precolombinas, encontramos que la mayoría de los dioses están relacionados con la naturaleza y la agricultura, y especialmente con el maíz. Es el caso del dios maya K’awil y de Xochipilli, considerado por los aztecas como el príncipe del maíz joven y de los festejos, y cuyo nombre significa “príncipe de las flores”. De ahí que se relacione con la primavera, época de festejos porque los campos florecen. Xochipilli estaba desposado con Mayáhuel, la diosa del Maguey, una planta suculenta de la que se obtiene, entre otras cosas, la dulce aguamiel. La diosa también estaba relacionada con la embriaguez. Mayáhuel es una de las deidades relacionadas con la tierra y por lo tanto, con la fertilidad.

Font: Espores

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Taller de cultivos de invierno realizado en Horts del Perigall para los huertanos

Taller impartit per Alberto Llopis de ASHORTA.

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Fent conserva de tomàquet

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Cataeta de melons

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Semillas de plantas y de mundos

Una semilla, en la medida en que más que ninguna otra cosa envuelve la idea de cambio, de transformación vital, es símbolo adecuado para el devenir a que está sujeto el cosmos, en particular la vida, que en su multiplicidad diversa trata de expresar la unidad sintética que le es inherente.

Los hopi, guardianes de la tierra.

Los hopi son un pueblo originario de América que vive todavía, aunque diezmado, en la zona del Gran Cañón del Colorado, donde resistió al Imperio Español primero, a los mexicanos después y a los Estados Unidos ahora. De ellos tomo esta breve impresión sobre las semillas como símbolo del estado germinal en el fin de un ciclo, como estamos viviendo ahora.

En una imagen bella, que expresa la relación necesaria entre todos los planos del cosmos (por lo menos, ya que la relación no se limita al cosmos), los hopi aluden a un cambio que se está produciendo en la tierra, que por otra parte se discute a nivel científico profano con apremio. “Las formas de plantas de mundos previos (de ciclos pasados) están comenzando a brotar como semillas”.

Para ellos, esto podría derivar, si hubiera conciencia suficiente, en un nuevo estudio de la botánica, porque “la misma clase de semillas están siendo plantadas en el cielo como estrellas. La misma clase de semillas están siendo plantadas en nuestros corazones. Todo esto es lo mismo, dependiendo cómo cada uno lo vea”.

Las semillas son los gérmenes del mundo nuevo, que aparecen en cada plano de existencia según su modalidad propia, en la tierra como semillas y en las estrellas como fulguraciones y en nuestros corazones como visiones anticipadas y confusas del ciclo nuevo.

Se trata de una idea fundamental, que se puede ilustrar con el punto geométrico: es en cierto sentido lo ínfimo, porque no tiene dimensiones y estrictamente hablando, está fuera del espacio; pero a pesar de eso, por su reiteración indefinida es capaz de generar todo el espacio, que está “en principio”  contenido todo en él. El punto es el “germen” del espacio.

De la misma manera, el número 1 es el “germen” o la semilla de toda la cantidad. Justamente, Aristóteles no consideraba un número al uno sino el principio de todos los números, que por adición derivan de él.

Font: http://www.aimdigital.com.ar/aim/